Las Misiones Pedagógicas de José Val del Omar

Por Laura Reinón
Publicado en Blogs & Docs.

Poeta de la imagen e inventor, José Val del Omar es un caso excepcional en la historia del cine español. Contemporáneo de Lorca, Renau, Cernuda y Zambrano, su visión del cine como un fenómeno espiritual único le condujo a la frustración de la incomprensión y a todo tipo de silencios que le convirtieron en superviviente de la época en la que le había tocado vivir. Formado en el marco de las vanguardias europeas, Val del Omar fue también un representante de la Institución Libre de Enseñanza y de las Misiones Pedagógicas de la República, de las que formó parte activa recorriendo con su cámara los pueblos de España.

“Todo acto trascendente cuesta la vida de quien lo realiza”. Las palabras del cineasta granadino –o cinemista, como él prefería que le llamaran- José Val del Omar parecen cobrar vida para resumir la trayectoria de uno de los grandes talentos ignorados del cine español. Inventor, poeta de la imagen y trabajador infatigable, Val del Omar cabalgó durante toda su existencia entre las aguas de la incomprensión y la marea del olvido. Su genio en el campo de la creación, de la técnica y de la pedagogía le convirtió en una especie de caballero quijotesco, un místico visionario, que se adelantó a su tiempo y a sus coetáneos con una obra inclasificable, trascendental e introvertida que le acarreó el confinamiento institucional.

Visionario e inventor, esas dos vertientes que buscaban convertir el cine en una experiencia trascendental y mística, estuvieron sometidas a toda una serie de limitaciones. Aunque dos de sus obras -Aguaespejo granadino y Fuego en Castilla- han sobrevivido al olvido, de sus trabajos en el campo de la técnica  y en el marco de la investigación audiovisual sólo queda la huella de un sinnúmero de batallas administrativas perdidas. “Se naufraga siempre, dice una voz razonable…”: de este pensamiento brota el sentimiento íntimo de Val del Omar en Aguaespejo granadino, donde el artista no sólo expresa la sensación de pérdida que le acompañó durante buena parte su trayectoria profesional, sino también la idea de destino relacionada con la ambición trascendental de su poética cinematográfica, a veces hermética, que ligaba con algunas aspiraciones de la tradición alquímica.

Esta especie de dualidad entre materia y espíritu, técnica y arte, creó en torno a la figura de Val del Omar un halo de incomprensión que chocaba en primer término con sus interlocutores, poco o nada acostumbrados a que un investigador expresara mediante un lenguaje espiritual la vertiente humanista de sus invenciones. Al mismo tiempo, desde su condición de poeta, el propio Val del Omar, hechizado por el lenguaje místico de sus creaciones visuales no exento a veces de una cierta confusión, también contribuiría a la reserva de, incluso, aquellos más preparados para entender su obra.

Pero tanto si consideramos o no a Val del Omar un adelantado a su época, o un visionario en un mundo que el resto no alcanzaba todavía a imaginar, lo cierto es que para entender su personalidad hemos de tener en cuenta el contexto social en el que germinaron sus ideas. En este sentido, su formación se desarrolló en el marco de las vanguardias de los años veinte y treinta del pasado siglo, en paralelo al fervor regeneracionista y de cambio que respiraba una parte muy importante de la cultura española anterior al estallido de la guerra civil. Desde esta perspectiva, Val del Omar puede ser considerado como un representante de la época de la Institución Libre de Enseñanza y una pieza clave de las Misiones Pedagógicas republicanas, de las que fue parte activa recogiendo imágenes con su cámara de los pueblos de España, observando y retratando las reacciones de aquellos públicos vírgenes para el cine.

Fundadas por Manuel Bartolomé Cossío, las Misiones fueron una etapa muy importante de la cultura popular española, por su carácter modernizador de la sociedad rural por un lado, y porque permitieron a Val del Omar desarrollar su faceta de documentalista, por otro.

Creadas por decreto el 29 de mayo de 1931, las Misiones Pedagógicas respondían al encargo de “difundir la cultura general, la moderna orientación docente y la educación ciudadana en aldeas, villas y lugares, con especial atención a los intereses espirituales de la población rural”. Según palabras del propio Cossío escritas para la primera Misión realizada en Ayllón (Segovia), “somos una escuela ambulante que quiere ir de pueblo en pueblo, pero una escuela donde no hay libros de matrícula, donde no hay que aprender con lágrimas, donde no se pondrá a nadie de rodillas como en otro tiempo, donde no se necesitará hacer novillos. Porque el gobierno de la República que nos envía, nos ha dicho que vengamos, ante todo, a las aldeas, a las más pobres, a las más escondidas, a las más abandonadas, y que vengamos a enseñaros algo, algo que no sabéis por estar siempre tan solos y tan lejos de donde otros lo aprenden, y porque nadie hasta ahora ha venido a enseñároslo; pero que vengamos también, y lo primero, a divertiros. Y nosotros quisiéramos alegraros, divertiros casi tanto como os alegran los cómicos y los titiriteros… (…)”.

Las Misiones Pedagógicas constaban de varias secciones entre las que destacaba el Teatro del Pueblo, dirigido por Alejandro Casona; el Museo Circulante, el Retablo de Fantoches de Rafael Dieste y la Biblioteca Circulante. La Sección de Cine del “Servicio de Cinematografía y Proyecciones Fijas” nació con la misión de ampliar la alfabetización al campo visual y en ella tuvo Val del Omar una activísima participación desde 1931 como operador, proyeccionista y fotógrafo.

Ahora bien, sus hallazgos en el campo de la técnica, como el objetivo de ángulo variable (el actual zoom), la pantalla cóncava, la imagen apanorámica y la iluminación táctil, no fueron utilizados por el genio iluminado del cinemista Val del Omar en pos de los efectos especiales que habrían de cautivar al espectador, sino puestos al servicio de la transformación de la sociedad. Para Val del Omar el cine se movía entre dos aguas: una sagrada, capaz de provocar el ascenso de los telespectadores hacia la luz; y otra profana, cultivada por una humanidad de autómatas que les confinaba al mundo de las tinieblas. Val del Omar se convertiría, pues, en navegante místico en busca de una suerte de luz sagrada capaz de conducir al espectador a la revelación trascendental. Su utopía audiovisual junto a su suprarrealismo documental desembocaría en este escenario real de las Misiones Pedagógicas.

En el seno de las Misiones, Val del Omar participó en el Museo Circulante, en las proyecciones de diapositivas y cinematográficas y, sobre todo, en la toma de miles de fotografías que tenían como protagonista el desempeño de la labor misionera. Rodó también más de cuarenta documentales, casi todos ellos perdidos en el transcurso de la guerra civil. El más conocido es Estampas 1932, rodado ese año por Val del Omar y que había de servir como ejemplo del trabajo educativo de las Misiones en los diferentes pueblos a los que acudían. Entre 1933 y 1934, los misioneros recalaron en algunos pueblos de Murcia, donde llevaron a cabo numerosas proyecciones para los habitantes de la región. Durante este período Val del Omar rodó tres documentales de la Semana Santa de Murcia, Lorca y Cartagena, así como de las Fiestas de la Primavera de Murcia.

En sus viajes por esa España en los albores de la guerra, Val del Omar incorporó al espectador en su “puzzle” poético, convirtiéndolo en una pieza fundamental de su universo alquímico, como si el paisaje humano formase parte inseparable de su “obra magna”. Las fotografías captadas por su cámara en las diferentes sesiones de cine reflejaban los rostros de asombro de los campesinos ante el “milagro” de la técnica, las risas de los niños y mujeres ante el prodigio de la magia del cine, así como la fascinación y las emociones que producía el visionado de una película. Las imágenes de esos campesinos, alejados del universo de la intelectualidad, proporcionaron a Val del Omar la certeza de la existencia de una emoción trascendental y primigenia de la infancia del hombre, en la que “el público es un niño enamorado de lo extraordinario”.

Val del Omar descubrió en el cine una nueva pedagogía, aquella capaz de fundir arte y técnica, corazón y cerebro, instinto y conciencia. Partiendo de esta creencia, sus descubrimientos en el campo de la cinematografía tenían el firme objetivo de sacudir la somnolencia de la conciencia del espectador para abrirle las puertas de una nueva dimensión espiritual. Bajo esta óptica, no todos los docentes estaban igual de capacitados para llevar a cabo esta tarea que lindaba en la frontera de la fragilidad. Los educadores, además de saber controlar las máquinas, debían poseer también un corazón de poeta que lograra, a través del amor, abrir el alma de su prójimo. En este sentido, observando algunas de las fotografías que Val del Omar tomó durante su estancia en las Misiones descubrimos rostros extasiados que parecen confirmar su propósito de educar el instinto del público “sin aprisionar sus impulsos entre símbolos y normas, sin matar su conciencia creadora”, tal y como escribiría en el texto “Sentimiento de la Pedagogía Kinestésica” (1932), dirigido a los maestros agrupados en torno a la figura de Manuel Bartolomé Cossío.

 A través del lenguaje cinematográfico, los rostros de hombres, mujeres y niños, se convirtieron en la caligrafía con la que Val del Omar escribiría gran parte de su obra. Los primeros planos de los rostros de los espectadores del cine de las Misiones Pedagógicas protagonizaron muchas de sus fotografías, algo que posteriormente también observaremos en su Aguaespejo granadino.

Durante las Misiones Pedagógicas, hasta el año 1935, Val del Omar realizó unas 40.000 fotografías aproximadamente y, como hemos señalado anteriormente, más de 40 documentales, casi todos ellos perdidos. En la documentación conservada, hay constancia de la participación de Val del Omar  en rodajes en Las Alpujarras, Santiago de Compostela, Finisterre, Valencia, Murcia, Las Hurdes, León, Castilla, Málaga, Córdoba, Aragón y Lérida. En Estampas 1932 o Estampas de Misiones, trabajo dividido en tres partes (Los Pueblos, Los Humildes y Caminos), Val del Omar hace una declaración de principios, la que habrá de acompañar a los misioneros en cada uno de sus viajes: “Somos una escuela ambulante que quiere ir de pueblo en pueblo. A los más pobres, a los más escondidos, a los más abandonados…”. En esta película se puede observar a los misioneros, en burro o a pie por las montañas, a veces enfangados hasta los tobillos, y sus actividades docentes, incluida una sesión de cine al aire libre.

Los documentales Semana Santa de Lorca, Semana Santa de Murcia, Semana Santa de Cartagena y Fiestas de Primavera de Murcia, 1934-1935, sin perder su intención informativa, rezuman contenido poético y llevan la impronta de su escritura fílmica, reflejada, por ejemplo, en la descomposición de la cronología de los hechos o en la utilización de determinados planos que le acercan al cine abstracto.

En julio de 1935, al margen de las Misiones, pero probablemente con su equipo, rodó Vibración de Granada, obra que fue la antesala de Aguaespejo granadino y que supuso su tránsito hacia el documental poético.

En 1932, crítico con la pasividad del Museo Pedagógico Nacional, propuso la creación de un circuito con 300 películas didácticas, gestionado por las Misiones Pedagógicas. En 1935 escribió su “Manifiesto de la Asociación de Creyentes del Cinema”, donde insistía en la oposición de la luz del cine frente a la negrura del libro. En este texto Val del Omar comenzaba la gestación de lo que serían algunas de sus constantes en su obra posterior: predominio de la verticalidad, de abajo-arriba y de dentro-fuera, las “coincidencias fronterizas entre Oriente y Occidente”, etc., y se vislumbra ya la figura de un artista magnético, al margen de la industria o más bien, apartado por ella, debido a su porte visionario y meca-místico. En este sentido, Val del Omar logrará la unión entre su ansia de espiritualidad artística y su ambición tecnológica con las tres obras maestras que componen el Tríptico elemental de España: Aguaespejo granadino, Fuego en Castilla y Acariño galaico (De barro).

La obra tenaz, valiente y, por qué no, profética de José Val del Omar comenzó a ser redescubierta poco antes de su muerte en 1982, ganando la batalla al olvido como ave fénix renaciendo de sus propias cenizas. Un renacimiento “Sin Fin”, como a él mismo le gustaba firmar el final de sus obras.

Por Laura Reinón
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